El rumor llegó a Ciudad de México a las seis y cuarenta de la mañana, antes que el café.
Aba Kumo lo vio en el segundo scroll de Telegram, entre un meme sobre el peso mexicano y la foto de un perro que alguien había encontrado en Coyoacán. El mensaje decía, con la sintaxis aplanada de los reenvíos: “Confirmado. Reeve se reunió con el Papa la semana pasada. Acuerdo secreto sobre IA. Foto adjunta.”
La foto adjunta era de Marcus Reeve sonriendo con un hombre de sotana blanca en lo que parecía un jardín muy verde y muy editado. Reeve llevaba la misma camisa azul claro de todas sus apariciones públicas; el otro hombre tenía la cara ligeramente borrosa, como si la luz no terminara de decidir dónde caer. Aba la miró doce segundos. Después se levantó por el café.
Eran las seis y cincuenta y dos cuando volvió a la mesa con la taza. Para entonces la foto había viajado a otros tres grupos. Uno era de periodistas. Los otros dos no. En el grupo de periodistas alguien había escrito “esto huele raro” y otro había respondido “huele a Pangram”. Aba sonrió. Era exactamente la palabra correcta.
Pangram era una herramienta que detectaba si un texto, o una imagen, o un audio, había sido producido por un modelo de inteligencia artificial. La habían sacado en 2023 unos investigadores de Princeton y desde entonces se había vuelto, sin ruido, el primer reflejo de cualquier reportero serio antes de tocar una historia viral. Su nombre venía de un juego de tipógrafos: una frase que contiene todas las letras del alfabeto. El veloz murciélago hindú comía feliz cardillo y kiwi. La idea era elegante: si un modelo había generado el texto, dejaba huellas de todas las letras de su entrenamiento, una especie de firma involuntaria. La imagen funcionaba distinto pero el nombre se quedó.
Aba abrió Pangram en otra pestaña, arrastró la foto y esperó. Ocho segundos. La barra de probabilidad se detuvo en 94%.
Generada sintéticamente.
Tomó el café. Estaba demasiado caliente. Lo dejó.
A las siete y catorce el rumor ya estaba en X. A las siete y treinta había llegado a una televisión peruana que lo dio como noticia sin verificar. A las ocho menos cuarto, alguien en el grupo de periodistas escribió “Aba, esto va contigo”, y ella ya tenía abierto el documento donde escribía cuando trabajaba en serio, no para Sebastián ni para nadie en particular: un archivo llamado cuaderno.md que arrastraba desde 2019 y que nadie más había visto nunca.
Tecleó: El rumor es falso. La pregunta es por qué alguien lo construyó.
Después miró la ventana.
El apartamento de Aba estaba en el quinto piso de un edificio de los años cincuenta en la colonia Cuauhtémoc, sobre Río Tíber. Tenía un balcón estrecho que ella nunca usaba y una ventana grande, de marco de aluminio mal sellado, que daba al cruce con Río Pánuco. En la repisa interior, alineadas con una precisión que la gente confundía con manía, había trece miniaturas: la Catedral de Florencia, la Sagrada Familia inacabada, el Reichstag con cúpula, San Pedro de Roma a una escala distinta a la de las otras. La de Florencia tenía un punto de pegamento seco en la base donde se le había caído el campanile a los nueve años; nunca la reemplazó. Su padre se la había traído de un congreso, y eso pesaba más que la perfección.
Aba había hecho el doctorado en la UNAM —Comunicación y Sistemas de Información— y lo había abandonado todo por el periodismo seis meses antes de defender la tesis, lo que significaba que tenía el conocimiento del título sin el papel, que era exactamente la relación que tenía con la mayoría de las instituciones. Sebastián la llamaba doctora cuando estaba enojado. Sus colegas, cuando querían señalarle que se le notaba demasiado.
Bajo la repisa, sobre la mesa, esperaba el iPad Pro con el lápiz puesto en diagonal. Aba lo había cargado anoche hasta el cien por ciento sin acordarse de hacerlo.
Volvió al teclado.
A las ocho y veintidós, Sebastián la llamó desde Madrid.
—Aba, querida.
Tenía la voz de quien no había dormido y se enorgullecía de ello. Sebastián Valls tenía cincuenta y ocho años, una barba blanca corta y una manera de decir querida que en cualquier otra boca habría sido familiar y en la suya era estrictamente profesional. La había descubierto en un máster cuando ella tenía veinticuatro años. La había publicado por primera vez a los veinticinco. La tenía, sin decirlo en voz alta porque consideraba la efusividad un vicio español, por su mejor reportera viva.
—Lo viste —dijo él.
—Pangram lo da en noventa y cuatro por ciento —dijo Aba—. Imagen sintética. La sotana está mal, además. La caída del hombro derecho no responde a la luz que tiene el jardín.
—Eso es lo que dice tu ojo de pintora.
—Eso es lo que dice cualquier ojo que haya mirado dos retratos flamencos.
Sebastián se rió, una risa corta. Después se quedó callado el medio segundo justo en el que Aba ya sabía, sin saber que sabía, que la conversación iba a torcerse.
—Necesito que lo desmientas hoy —dijo él—. Ochocientas palabras. Para mediodía hora Madrid.
—Eso son cuatro horas.
—Eso son cuatro horas.
Aba miró la pantalla. El cuaderno seguía abierto. La pregunta es por qué alguien lo construyó.
—Sebastián —dijo—. ¿Por qué fabrica alguien una imagen así?
—Porque la gente cree.
—La gente cree muchas cosas. ¿Por qué esta?
Hubo otro medio segundo.
—Tú escribe el desmentido —dijo Sebastián—. Si después quieres tirar del hilo, tiras. Pero primero apaga el incendio. Es lo que hacemos.
Era lo que hacían. Aba lo sabía. Sebastián tenía razón en el plano del oficio y eso era lo que volvía irritante su manera de tenerla. Colgó sin despedirse, una costumbre que había aprendido de él y que él detestaba en cualquiera que no fuera ella.
Escribió el desmentido en dos horas y diez minutos. Lo tituló “La fotografía que nunca se tomó.” Era un texto frío, técnico, sin condescendencia. Explicaba lo de Pangram en tres párrafos. Mencionaba dos ejemplos previos del año, una imagen del presidente francés con un imán prorruso y otra de la primera ministra italiana abrazando a una influencer evangélica estadounidense, ambas falsas, ambas virales, ambas desmentidas tarde. Aba escribió: El problema con las imágenes generadas por IA no es que engañen. Es que ya no necesitan engañar para funcionar. Basta con que existan el tiempo suficiente para que la sospecha se quede.
Releyó esa frase tres veces y la dejó.
Lo envió a las diez y cuarenta y dos. Sebastián respondió a las diez y cuarenta y cinco con un gracias, querida, sin más. El texto se publicó a las once y dieciocho con el título cambiado: No, Marcus Reeve no se reunió con el Papa. Aba miró el título nuevo en la pantalla y no dijo nada. Sebastián siempre cambiaba los títulos. Era una de las pequeñas humillaciones que el oficio cobraba a cambio de la firma.
A las doce menos cuarto, el desmentido era el quinto trending topic del país. A la una de la tarde, Aba lo había visto rebotar en El País, en Reforma y en una televisión venezolana que la citaba mal. A las dos, una cuenta anónima de X con dieciocho seguidores le respondió al hilo: El error no está en la imagen. Está en quién la creyó.
Aba miró la cuenta. Se había abierto esa misma mañana a las ocho y siete. Sin foto de perfil. Sin publicaciones previas. Solo esa frase, dirigida a ella.
Se quedó muy quieta.
Después abrió el iPad.
No tenía un plan. No tenía una idea. Tenía el reflejo, el viejo reflejo de los días en que el mundo se le ponía denso y necesitaba sacarlo por las manos. Eligió el pincel de tinta china seca, el que le costaba más controlar y por eso le obligaba a respirar despacio. En la pantalla en blanco empezó a dibujar, sin pensar, una columna. Después otra. Después un fragmento de bóveda. Salió, sin que ella lo decidiera, el interior de una iglesia que no había visitado nunca pero que conocía de memoria por una guía de museos que tenía en la estantería: Santa Maria sopra Minerva, en Roma. La iglesia de los dominicos. La iglesia donde, en 1633, Galileo Galilei se arrodilló ante el Tribunal del Santo Oficio y abjuró por escrito que la Tierra giraba alrededor del Sol. La iglesia donde, dice la leyenda y desmintieron los historiadores, murmuró al levantarse: eppur si muove.
Aba se detuvo cuando la columna estaba a la mitad. Miró lo que había hecho.
Se levantó, fue a la estantería y sacó la guía. Era una Touring Club Italiano de 1998, comprada en un mercado de Trastevere a los veintiséis años, con anotaciones suyas en español y en italiano mezclados. Buscó la entrada de la basílica de la Minerva. Releyó lo que había subrayado entonces: único templo gótico de Roma. Sepulcro de Santa Catalina de Siena. Sede del proceso a Galileo. El convento adyacente alberga la biblioteca dominicana, una de las más antiguas de la ciudad. Visitas con autorización previa.
Cerró la guía.
A las cuatro y diez, sonó el celular.
Era un número de Roma. No estaba en su agenda. Aba dudó tres segundos, lo que era mucho para ella, y contestó.
—¿Aba Kumo?
La voz era de hombre, en español, con un acento mexicano que el tiempo en el extranjero había suavizado sin borrar. Tenía la pausa de los curas que llevan años predicando en otro idioma y vuelven al suyo con cuidado.
—Sí.
—Le habla Tomás Aguirre. Soy sacerdote. Profesor de teología y ética de la inteligencia artificial en la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino, en Roma. He leído su artículo de esta mañana.
Aba no dijo nada. Esperó.
—Quería decirle dos cosas —dijo el padre Tomás—. La primera es que tiene usted razón. La fotografía es falsa.
—Gracias.
—La segunda es que la reunión sí ocurrió.
Hubo un silencio. Aba sintió, con una claridad casi geométrica, que el silencio era el momento exacto en el que su día había terminado y otro día, uno que iba a durar más de un día, había empezado.
—Padre —dijo—. ¿Por qué me lo dice a mí?
—Porque usted formuló la pregunta correcta.
—No le he preguntado nada.
—La preguntó en su artículo. Escribió: el problema no es que engañen, es que ya no necesitan engañar para funcionar. Esa es la pregunta correcta. La otra gente está peleando con la fotografía. Usted está mirando para dónde apunta.
Aba miró el iPad. La columna a medio dibujar. La bóveda incompleta.
—¿Dónde está usted ahora? —preguntó él.
—En Ciudad de México.
—¿Puede venir a Roma?
Aba pensó la respuesta tres segundos. Le pareció una eternidad y le pareció instantáneo, las dos cosas a la vez.
—Sí —dijo.
—No por la reunión —dijo el padre Tomás—. La reunión es lo de menos. Hay un documento. No es secreto, exactamente. Es algo peor. Es un documento que nadie ha pedido nunca, porque nadie sabe que existe. Lleva ahí doce años.
—¿Dónde?
—En el convento de Santa Maria sopra Minerva.
Aba miró el dibujo de nuevo.
No había levantado el lápiz desde que había contestado la llamada. En algún momento de esos cuatro minutos, sin verlo, había seguido dibujando. La columna estaba terminada. La bóveda también. Y en el suelo, a la izquierda, había una figura arrodillada que ella no recordaba haber empezado.
—Padre —dijo, despacio—. ¿Por qué me lo dice por teléfono?
El silencio del otro lado fue más largo esta vez.
—Porque a partir de este momento —dijo— hay gente que necesita saber que usted lo sabe.
Colgó él, no ella.
Aba dejó el celular sobre la mesa, junto al iPad. La taza de café del amanecer seguía ahí, fría. Se levantó y fue a la ventana. Río Pánuco a esa hora tenía la luz amarilla pálida del otoño tardío del altiplano. En la acera de enfrente, recargado contra la fachada del edificio de la esquina, había un hombre. No estaba mirando hacia arriba. No estaba mirando hacia ningún lado en particular. Tenía una bolsa de plástico en la mano y la chamarra abierta. Aba lo miró un minuto entero. No se movió. Pensó, sin razón, que era un hombre que esperaba algo que ya no iba a llegar y que aún no lo sabía.
Volvió a la mesa.
Abrió el navegador. Tecleó dos palabras en el buscador: Consultas Minerva.
Diecisiete resultados. Todos en italiano. Todos archivados. Ninguno de los últimos seis años.
Cerró la pestaña.
Abrió otra. Tecleó: vuelos México Roma.
A las cinco y cuarenta y cinco de la tarde, mientras imprimía la confirmación de un boleto para el día siguiente, Sebastián Valls le escribió un mensaje desde Madrid.
Hiciste un gran trabajo hoy. ¿Qué sigue?
Aba miró la pregunta cuatro segundos. Después escribió, con la sobriedad que él le había enseñado y que ahora, por primera vez, usaba contra él sin saber por qué:
Un par de días libres. Necesito descansar.
Envió.
Apagó la pantalla.
Volvió al iPad. Miró la figura arrodillada en el suelo del dibujo. Le añadió, muy despacio, un cuello. Después, con el lápiz de punta más fina, una sola palabra en latín, escrita en el aire encima de la figura, tan pequeña que casi no se leía: abjuro.
Cerró el iPad.
Afuera, el hombre de la acera de enfrente seguía sin moverse.