Cero Orgánico · Capítulo 1

Golden Hour

Jorge A. Diaz Elizondo · 20 min de lectura · gratis, sin registro

A las seis y cuarenta de la mañana, antes de que sonara la alarma, Naia ya tenía el teléfono en la mano. No recordaba haberlo cogido. La pantalla estaba a doce por ciento de brillo, el modo que ella misma había configurado para que la primera luz del día no le quemara las pupilas, y los números flotaban en la oscuridad de la habitación como algo vivo. Cuarenta y un mil nuevos seguidores en la noche. El reel del entrenamiento de glúteos con banda había roto el millón a las tres de la mañana, hora de Madrid, que eran las ocho de la noche en Ciudad de México, que era exactamente cuando ella había programado que se publicara. La herramienta lo había decidido. Ella había aprobado la decisión.

Se quedó quieta, boca arriba, con el brazo en alto y el peso del teléfono en la muñeca. Sentía el corazón ordenado. No acelerado: ordenado. Como cuando terminaba una serie de sentadillas y todo en el cuerpo encajaba en su sitio durante unos segundos. Pensó la palabra alineada. La pensó sin comillas, sin distancia, como una verdad sobre su propio estado. Estaba alineada. El universo le estaba devolviendo lo que ella ponía en él, que era trabajo, y el trabajo se llamaba autenticidad, y la autenticidad pesaba un millón cien mil reproducciones antes del desayuno.

Abrió la aplicación que su mánager de contenido había instalado el invierno pasado, la que cruzaba el rendimiento de las últimas veinticuatro horas con la proyección de las siguientes setenta y dos. La interfaz era limpia, gris y verde, sin un solo borde duro. Un asistente le había redactado tres versiones de caption para el siguiente post a partir de los doce captions que mejor habían funcionado ese trimestre. Naia leyó las tres. La primera decía hoy elijo cuidarme porque me lo merezco. La segunda decía tu cuerpo escucha lo que tu mente le dice. La tercera no tenía texto, solo un emoji de planta y otro de chispa. Eligió la segunda y le cambió una palabra: donde decía mente puso alma. Lo hizo despacio, con el pulgar, sintiendo que en ese gesto mínimo estaba lo único que la máquina no podía hacer. La diferencia entre mente y alma era ella. Era su criterio. Era por lo que la seguían dos millones ochocientas mil personas y no a las otras.

Guardó el cambio. La herramienta registró el cambio. En algún servidor, la palabra alma entró a engrosar el corpus de Naia Soler para la próxima vez que necesitara escribir como Naia Soler.

El panel tenía una pestaña que Naia abría casi nunca y que se llamaba Proyección. La había configurado Bruno con un servicio que se enchufaba a la cuenta y devolvía, en una gráfica de líneas finas, el rendimiento estimado de cada formato para los siguientes siete días. La estimación la generaba un modelo, no una persona; Bruno se lo había explicado una vez diciendo que era “como tener un analista que no duerme”, y a Naia le había parecido bien tener un analista que no dormía porque ella tampoco, del todo. La pestaña decía esa mañana que los reels de tren inferior con banda elástica tenían un setenta y uno por ciento de probabilidad de superar el millón en las próximas setenta y dos horas, que el contenido hablado a cámara rendía un dieciocho por ciento por debajo de la media del nicho, y que la mejor ventana de publicación seguía siendo entre las dos y las tres de la madrugada, hora peninsular. Naia leyó los porcentajes como quien lee el horóscopo de alguien en quien confía. No se preguntó con qué datos se había entrenado el analista que no dormía, ni de quién eran esos datos, ni qué pasaba cuando dos millones ochocientas mil personas alimentaban a diario, con cada segundo viendo contenido, a un sistema que después les devolvía, perfeccionada, la forma exacta de su propio deseo.

Se levantó cuando la luz de la ventana pasó de azul a gris. El piso de Malasaña tenía techos altos y un parqué que crujía en sitios que ella ya se sabía de memoria, y la luz de la mañana entraba por el balcón con una calidad que dos años antes habría dado por sentada y que ahora medía. El salón estaba orientado al este. Eso significaba que entre las siete y media y las nueve de la mañana la luz era frontal, suave, sin contraste duro, la mejor luz natural que se podía pedir sin pagarla. Golden hour, le decían en inglés todos, aunque la golden hour real fuera la del atardecer. Daba igual. El nombre se había desprendido del fenómeno. Ahora golden hour era cualquier momento en que la cara salía bien.

Hizo el desayuno frente a la encimera donde grababa los desayunos. Avena, fruta roja, una cucharada de mantequilla de almendra que medía con báscula no porque le importara el gramaje sino porque el gesto de pesar quedaba bien, comunicaba intención, comunicaba que aquí había una mujer que se trataba con cuidado. Grabó cuarenta segundos. Se comió la mitad. Lo que no grababa era el café, que se tomaba después, de pie, mirando el móvil, leyendo los comentarios del reel de la noche.

Los comentarios eran un río y ella sabía leerlos en diagonal. Reina. Diosa. Gracias por existir. Llevo seis meses siguiendo tu método y cambió mi vida. Eres lo más real que hay en esta app llena de fake. Esa palabra, real, aparecía con una frecuencia que ella ya no veía, del mismo modo que uno deja de oír el ruido del frigorífico. La gente le agradecía ser real. Ella lo era. Esa era exactamente la prueba.

Había un comentario, entre los primeros, de una cuenta con foto de perfil de una mujer joven y rubia y nombre que no significaba nada, karla_fit_vibes_2024, que decía este contenido me salvó literal. Tenía ochenta y siete likes. Debajo, otra cuenta casi idéntica, fitkarla.vibes, decía literal me salvó este contenido. Naia le dio like a los dos sin detenerse. El pulgar siguió bajando. En un trimestre cualquiera, la agencia había estimado el alcance orgánico real de su cuenta en una cifra que Naia recordaba como buena. No recordaba que la cifra venía con un asterisco.

A las nueve y media llegó Bruno, su mánager de contenido, con dos cafés que nadie le había pedido y la energía de quien trae buenas noticias y quiere alargar el momento previo. Bruno tenía veintiséis años, una sudadera de una marca que pagaba por que él la llevara, y un don para hablar de métricas como si fuera del clima. Hace un día espectacular ahí fuera, dijo, y le enseñó el teléfono. La curva de crecimiento de los últimos treinta días subía con una pendiente que a Naia le produjo en el pecho una sensación física, cálida, parecida al orgullo y parecida también a otra cosa más antigua que no nombró.

—Rodrigo quiere cenar —dijo Bruno—. Hoy. Para celebrarlo.

—¿Celebrar qué?

—Eso es lo otro. —Bruno hizo una pausa que había ensayado—. Renovaron. La marca renovó. Y subieron el número.

Le dijo el número. Naia no cambió la cara, porque había aprendido a no cambiar la cara, pero por dentro algo se abrió y se cerró rápido, como una puerta en una corriente de aire. El número era más del doble de lo que había firmado dos años antes, cuando no entendía nada, cuando Rodrigo le había explicado con paciencia de hermano mayor que el contrato tenía capas, que ella solo veía la de arriba y que debajo había otras tres que era mejor que él gestionara para que ella pudiera concentrarse en lo que sabía hacer, que era ser ella misma. Aquella primera cifra le había parecido enorme. Esta la hacía sentir que aquella había sido casi una humillación que solo ahora podía permitirse reconocer.

—Se lo merece la reina —dijo Bruno.

—Lo merecemos —corrigió ella, y le sonrió, y Bruno se iluminó porque el plural lo incluía, y Naia supo en ese momento que decir lo merecemos era más inteligente que decir me lo merezco, y no se preguntó de dónde había sacado esa inteligencia ni a quién beneficiaba.

Grabaron contenido hasta la una. Naia tenía un sistema. Un bloque de grabación producía material para nueve a once publicaciones, que la herramienta de programación distribuía a lo largo de doce días según las ventanas de mayor actividad de su audiencia, que eran principalmente nocturnas porque su audiencia principal vivía seis y siete horas detrás de ella, en México y en Argentina, despertándose cuando ella comía, comiendo cuando ella cenaba, deseándole buenas noches cuando ella ya llevaba horas dormida.

El sistema tenía pasos y los pasos tenían nombre. Naia grababa en bruto con el teléfono sobre un trípode que un patrocinador le había mandado y que ella nunca mencionaba porque mencionar el trípode habría roto la ilusión de que aquello salía solo. Bruno pasaba el material por una aplicación de edición que recortaba los silencios, igualaba la luz, subía un tono la voz y, si ella se lo pedía, generaba subtítulos en español neutro y en inglés a partir de lo que ella decía. Los subtítulos los hacía un modelo de transcripción que se equivocaba poco y que cuando se equivocaba lo hacía de un modo revelador: una vez, en un vídeo sobre constancia, había transcrito disciplina como disciplinada, y a Naia le había gustado tanto el error que lo dejó. Otra herramienta, más nueva, le proponía tres miniaturas distintas para cada reel y predecía cuál tendría más clics; casi siempre acertaba con la que mostraba más cara y menos cuerpo, lo cual a Naia le parecía un dato sobre su audiencia y no sobre el sistema. Una tercera aplicación, que Bruno había empezado a usar ese trimestre, generaba directamente cortes verticales de quince segundos a partir de un vídeo largo, eligiendo sola los momentos de “mayor retención potencial”. Naia revisaba esos cortes y aprobaba casi todos. Le sorprendía, sin alarmarse, lo bien que la máquina sabía qué partes de ella valía la pena conservar.

Cuando hablaba a cámara decía chicas con una entonación que no era la suya, una entonación más cálida, más abierta en las vocales, una entonación que se había ido formando sola a lo largo de los años por contacto con los comentarios que mejor respondían. Su acento se había desplazado un milímetro hacia un Atlántico que no era el de Madrid. Ella no lo oía. Lo oía todo el mundo menos ella.

Entre toma y toma se permitía treinta segundos de algo que el sector llamaba “autenticidad” y que tenía sus reglas: mostrar un fallo controlado. Reírse de sí misma por haberse equivocado en el conteo de una repetición. Enseñar la cocina un poco desordenada, pero solo un poco, el desorden exacto que comunica soy normal como tú sin comunicar vivo en el caos. Confesar a cámara que ese día le había costado levantarse, que ella también tenía días malos, que la perfección era mentira. Lo decía mirando a la lente con una mano en el pecho. El gesto de la mano en el pecho lo había hecho por primera vez de verdad, años atrás, en el vídeo de los veintidós. Ahora lo hacía cuando tocaba hacerlo. No notaba la diferencia entre las dos manos en el pecho. Para ella eran la misma. Para el sistema también: las dos retenían igual de bien.

A la una se sentó con Bruno a revisar la propuesta de la marca para el trimestre siguiente. La marca era de suplementos. Proteína en polvo, colágeno, un preworkout con un nombre que sonaba a misión espacial, y una línea nueva de batidos sustitutivos de comida que la marca llamaba nutrición consciente y que venían en sobres de colores pastel. Naia leyó la ficha del producto. Cada sobre tenía las calorías de un yogur y prometía saciedad. Estaba pensado, decía el brief, para mujeres ocupadas que no quieren renunciar a sus objetivos. Naia asintió. Le pareció un buen producto. Le pareció, de hecho, que ella era exactamente su público.

No pensó en los dieciocho años. No pensó en la nutricionista de la unidad, en el cuaderno donde durante meses tuvo que escribir lo que comía no para restringirlo sino para volver a aprender que comer no era un crimen. No pensó en el primer vídeo que subió a los veintidós, sin maquillaje, contando con la voz temblando que había pasado tres años enferma y que llevaba uno recuperándose, y en cómo aquel vídeo, que ella había subido sin estrategia, solo porque necesitaba decirlo en voz alta, había sido lo más visto que había hecho nunca y la había convertido en alguien. La autenticidad de aquel temblor había sido el capital fundacional de todo lo demás. No lo pensó porque hacía años que no lo pensaba, del mismo modo que uno no piensa en los cimientos mientras vive en la casa. Solo aprobó el batido sustitutivo de comida y firmó digitalmente la conformidad con el pulgar.

La tarde fue tranquila. Respondió mensajes directos durante una hora, los reales y los que Bruno había preseleccionado, sin saber siempre cuáles eran cuáles. Bruno usaba un sistema que clasificaba los miles de mensajes diarios en carpetas —colaboraciones, fans, posibles riesgos, ruido— y subía a la superficie los veinte o treinta que merecían respuesta de la propia Naia para que pareciera, y en cierto modo fuera, que era ella quien contestaba. La frontera entre lo que ella escribía y lo que se escribía en su nombre se había vuelto porosa hacía tiempo. Había respuestas tipo, aprobadas por ella una vez y reutilizadas mil, que ella ya consideraba suyas porque las había aprobado, del mismo modo en que consideraba suya la palabra alma.

Hubo una chica de Guadalajara que le escribió que había empezado a entrenar por ella y que había bajado de peso y se sentía poderosa. Naia le contestó con audio, treinta segundos, voz cálida, y la chica respondió con una hilera de corazones tan larga que llenó la pantalla. Hubo un mensaje de una seguidora que decía que había dejado de ir a terapia porque los vídeos de Naia le hacían más que la terapia. Naia leyó ese, lo leyó dos veces, y sintió algo cálido y enorme que era responsabilidad disfrazada de orgullo, y le contestó que la quería mucho pero que la terapia era importante, y se sintió buena persona al escribirlo, y pasó al siguiente sin que el mensaje le dejara marca. Hubo defensores: gente que en otros perfiles, en hilos donde alguien había puesto en duda los métodos de Naia, salía a defenderla con una intensidad que no se pedían a sí mismos para nada más en su vida. No tenéis ni idea de lo que esta mujer ha pasado, escribían desconocidos que no la conocían, es la única real en este mundo de plásticas. Naia veía pasar esas defensas y le producían una gratitud tibia y la certeza, nunca examinada, de tener un ejército.

Hubo también, esa tarde, un mensaje que entró y que Naia abrió y cerró en el mismo segundo: una cuenta sin foto, sin publicaciones, creada esa semana, que decía solo busca tus números en la lista. Naia lo leyó del modo en que se lee un cartel desde un coche en marcha, sin procesarlo, y lo descartó como spam, como uno de los miles de mensajes raros que recibe cualquiera con dos millones de seguidores, y siguió bajando hacia los corazones de la chica de Guadalajara. La cuenta sin foto desapareció bajo el resto. Naia ya la había olvidado. El mensaje, sin embargo, había sido entregado.

A las siete se empezó a arreglar para la cena. Eligió un conjunto que no parecía elegido. Esa era la habilidad. Que pareciera que se había puesto lo primero que encontró y que lo primero que encontró fuera perfecto. Se grabó un boomerang frente al espejo del recibidor, lo subió a stories con la ubicación de un restaurante que no era el de la cena de verdad, porque el de verdad era de Rodrigo y de las cosas de Rodrigo no se hacían stories, y bajó a la calle donde la esperaba un coche.

El restaurante estaba en Chamberí, en una calle sin tránsito, detrás de una puerta sin letrero. Rodrigo Prats ya estaba en la mesa cuando ella llegó, de espaldas a la pared, en el sitio desde el que se ve entrar a todo el mundo. Se levantó. Tenía cincuenta y algo, el pelo gris cortado caro, la camisa abierta exactamente un botón menos de lo que la haría inapropiada. Le dio dos besos y le sujetó los hombros un segundo más de lo necesario, a la distancia justa para mirarla, y dijo:

—Estás radiante. No, en serio. Pocas veces lo digo y ahora lo digo. Radiante.

Naia sintió el cumplido entrar y asentarse. Rodrigo tenía una forma de mirarla cuando la elogiaba que hacía que el elogio pareciera un descubrimiento, no un trámite, como si acabara de notar algo que llevaba tiempo ahí y al fin se permitía decir. Ella sabía que se lo decía a otras. No le importaba. Cuando se lo decía a ella, era verdad. La capacidad de Rodrigo para que cada cosa que decía pareciera reservada solo para quien la oía, era exactamente aquello por lo que cobraba lo que cobraba, y ella estaba dentro de esa capacidad como dentro de una habitación con buena temperatura.

Pidió él. Pidió por los dos sin preguntarle, pero le preguntó después, con una sonrisa, si le parecía bien, y a ella le pareció bien, y no notó que la pregunta había llegado después de la decisión y no antes. El vino lo eligió señalando una línea de la carta con un dedo, sin leer en voz alta, un gesto entre él y el camarero del que Naia quedaba elegantemente excluida y que la hacía sentir, sin que supiera por qué, que estaba en buenas manos.

Hablaron del número. Rodrigo lo dijo otra vez, en voz alta, brindando, y al oírlo dicho por él sonó distinto que dicho por Bruno, sonó pesado, real, una cifra con consecuencias. Naia se rió y bebió y sintió que había llegado a algún sitio. Rodrigo la miraba beber.

—¿Sabes lo que más me gusta de ti? —dijo él, dejando la copa—. Que eres la única que no se lo cree.

—Me lo creo todo —dijo ella, en broma.

—No. —Rodrigo se puso serio un grado, lo justo—. Las demás se lo creen. Por eso duran tres años y se evaporan. Tú no. Tú sabes que esto es trabajo. Por eso vamos a estar haciendo esto mucho tiempo. —Hizo una pausa—. Tú y yo.

Lo dijo así, tú y yo, y volvió a la copa, y el momento se cerró antes de que Naia pudiera decidir qué había sido. Le quedó una calidez. Le quedó la sensación de haber sido vista, de verdad vista, no como producto sino como persona, por el único hombre del sector que entendía de verdad cómo funcionaba todo. Rodrigo conocía las cuatro capas. Rodrigo había estado en habitaciones donde se decidían cosas que afectaban a la vida de gente que jamás sabría sus nombres. Y la había elegido a ella para decirle tú y yo. Naia no se preguntó qué significaba ser elegida por alguien cuyo oficio era saber a quién elegir.

Durante el segundo plato, Rodrigo le contó, como quien comparte una confidencia, que la plataforma estaba haciendo ajustes. Que iba a haber cambios en cómo se distribuía el contenido, cosas técnicas, nada de lo que ella tuviera que preocuparse, pero que era importante que en los próximos meses mantuviera el ritmo, que no bajara la guardia, que ahora más que nunca el sistema premiaba la constancia y castigaba los huecos. Lo dijo con cariño, como un consejo, como alguien que protege. Naia lo entendió como protección. Lo que Rodrigo no le dijo, porque no hacía falta que se lo dijera, porque la frase ya había hecho su trabajo, fue que acababa de instalarle un miedo. A partir de esa noche, Naia iba a publicar cada día pensando en el hueco que no debía dejar. Iba a vigilarse el ritmo sola. Rodrigo no tendría que volver a mencionarlo nunca. La frase quedaría operando dentro de ella, en silencio, como un programa en segundo plano, gastándole una parte de la batería que ella ya no notaría que gastaba.

—Eres muy listo —le dijo Naia, y lo decía en serio, y era lo más peligroso que podía haberle dicho, porque era cierto.

Llegó el postre, que Rodrigo había pedido para compartir y que ella probó una vez por cortesía. Mientras él hablaba, Naia se descubrió calculando: cuántos posts le quedaban programados del último bloque, cuántos días podía permitirse sin grabar antes de que el sistema notara el hueco, cuándo era el siguiente viaje a México. Hacía esos cálculos sin esfuerzo, como respirar, sin darse cuenta de que media hora antes no los hacía y de que era Rodrigo quien acababa de encenderlos. Levantó la vista. Él la miraba con una atención completa, halagadora, la atención de quien ha conseguido exactamente lo que vino a conseguir y puede ya relajarse y disfrutar de la compañía. Naia interpretó esa atención como afecto. En cierto sentido lo era. El afecto y el cálculo cabían sin problema en la misma mirada, y solo uno de los dos sabía que estaban los dos.

—Soy un viejo que conoce el oficio —dijo él, y se sirvió más vino, y le rozó la mano al hacerlo, un roce que duró lo que dura un accidente, y que ella no supo si había sido un accidente, y esa duda, esa pequeña duda agradable y confusa, fue exactamente lo que él quería dejarle, aunque Naia experimentara la duda como algo propio, surgido de ella, no plantado por nadie.


Salieron a las once y media. En la calle hacía la temperatura de finales de primavera, ese aire de Madrid que no es ni frío ni nada, y Rodrigo le pidió el coche, le abrió la puerta, le dio dos besos y le dijo al oído, no con doble sentido, o con un doble sentido tan suave que se podía negar:

—Disfrútalo. Te lo has ganado. Pero esto no para. Mañana volvemos a empezar de cero.

Y cerró la puerta del coche con la delicadeza con que se cierra la tapa de algo valioso.

En el coche, sola, Naia miró por la ventanilla las calles vacías de Chamberí y se sintió plena de un modo que no había sentido nunca. Plena y un poco vacía a la vez, pero no separó las dos cosas, las vivió como una sola sensación grande y luminosa que decidió llamar felicidad. Sacó el teléfono. El reel de la noche anterior iba por un millón cuatrocientas mil reproducciones. El número de seguidores había subido otros nueve mil desde la mañana. Tenía cuarenta y tantas notificaciones nuevas. Empezó a leerlas en el resplandor azul de la pantalla, con la cara iluminada desde abajo, sola en el asiento trasero de un coche que conducía un hombre del que no sabía el nombre, mientras Madrid pasaba por la ventanilla como un decorado apagado.


Abrió la aplicación de métricas por costumbre, no por necesidad, solo para ver la curva una vez más antes de dormir. La curva subía. Todo subía. Y abajo, en una esquina de la pantalla, en una letra gris pequeña que el panel había empezado a mostrar esa semana sin que ella hubiera activado nada, había una línea nueva entre los indicadores de siempre. Decía: Alcance asignado: 94%. Naia la miró medio segundo. No sabía qué quería decir asignado. El alcance era el alcance, lo que la gente veía, y noventa y cuatro por ciento era un número alto, y los números altos eran buenos, así que cerró la aplicación, apoyó la cabeza en la ventanilla, y sonrió.