El archivo entró por Fenwick Relay poco después de las nueve, cuando ya no quedaba nadie en el piso. Fenwick no traía remitente. Nunca lo traía: era toda su razón de existir. Un depósito llegaba, se anunciaba con una línea de recepción de once caracteres y a partir de ahí no había forma de responder, de agradecer, de preguntar. En los años que llevaba en el Consejo, Aura había recibido por ese canal cuarenta y tantos envíos. Dos habían servido para algo. El resto era ruido: denuncias sin documento, documentos sin denuncia, escaneos de instituciones que ya no existían, un video de once minutos de una puerta cerrada.
Bajó el paquete a la máquina aislada, la que no tocaba la red del edificio, y dejó corriendo el desempaquetado mientras se servía el segundo café. Afuera llovía sobre el lago con esa constancia administrativa de Ginebra, ni fuerte ni débil, sostenida.
Cuando volvió, la pantalla mostraba un solo objeto: una base de datos de nueve punto seis gigabytes, sin nombre de origen, sin metadatos de autor, con las marcas de tiempo internas raspadas.
La abrió.
La primera tabla tenía treinta y nueve mil ochocientos doce renglones.
Las columnas venían rotuladas en inglés, en el formato limpio de un sistema comercial que nadie había pensado que alguien fuera a leer desde fuera: identificador de expediente, apellido registral, jurisdicción de residencia, fecha de admisión, fecha de transferencia, monto liquidado, divisa, estatus.
Aura ordenó por jurisdicción. Sesenta y un países. Estados Unidos con la mayoría absoluta, después China continental, después los Emiratos, después el Reino Unido. Suiza aparecía en el noveno lugar, con cuatrocientos ochenta y seis expedientes. Cuatro de ellos con domicilio registrado en el cantón donde ella estaba sentada.
Ordenó por monto. La cifra más baja era de doscientos veinte mil dólares. La más alta, de tres millones ochocientos. El promedio caía en ochocientos setenta mil. Aura sumó la columna completa y esperó a que la máquina terminara: poco más de cuarenta y un mil millones de dólares, distribuidos en once divisas, liquidados en su mayoría en transferencias únicas.
Ordenó por fecha de admisión. La más antigua correspondía a siete años atrás. Ese primer año había once expedientes. El siguiente, noventa y cuatro. Después cuatrocientos treinta. Después mil ochocientos. El último año cerrado de la base registraba doce mil trescientos sesenta y dos.
La columna de estatus admitía tres valores. “Completado” cubría el ochenta y seis por ciento de los renglones. “En curso” cubría casi todo el resto. El tercer valor era un código de dos letras que el diccionario de datos no definía. Ochocientos noventa y un expedientes lo tenían.
En las nueve mil páginas de la base no aparecía la palabra “ensayo”. Tampoco “protocolo de investigación”, tampoco “consentimiento informado”, tampoco “comité”. La palabra que aparecía en el encabezado de cada hoja, treinta y nueve mil ochocientas doce veces, era “cliente”.
Aura anotó tres cosas en una libreta de papel: el número de renglones, el número de países, el código de dos letras. Después siguió bajando.
Al final del archivo había una segunda tabla, mucho más corta. Trescientos catorce renglones. Se llamaba “referidores activos”.
A diferencia de la primera, esta no anonimizaba nada. Nombre completo, institución, país, expedientes referidos, fecha del último referido, comisión acreditada. Universidades. Hospitales privados. Dos fundaciones de investigación cuyos nombres Aura había visto firmar comunicados públicos sobre límites éticos en edición germinal. Un decano. Cuatro directores de laboratorio.
Los fue leyendo de arriba hacia abajo, en el orden en que venían, sin ordenar nada.
En el renglón ciento cuarenta y siete decía Rourke, Elliot.
Boston. Genetista. La institución estaba escrita completa, con el nombre del departamento y todo. Treinta y un expedientes referidos. Comisión acreditada en la columna correspondiente, en dólares, con dos decimales.
Aura volvió a la primera tabla y escribió el apellido en el campo de búsqueda.
El sistema tardó menos de un segundo. Devolvió una coincidencia: expediente admitido seis años atrás, jurisdicción de residencia Massachusetts, monto liquidado novecientos sesenta mil dólares, divisa USD, estatus: el código de dos letras sin definir.
Ella había firmado la carta de respaldo de ese hombre. La había firmado con su nombre, con su cargo, con el sello del panel. Recordaba la fecha porque había sido la misma semana en que le entregaron el nombramiento.
Leyó el renglón otra vez. Decía lo mismo.